En las páginas iniciales de Cien años de soledad, José Arcadio Buendía, tras una temporada de feroces insomnios, estudios y conjeturas, arriba a una conclusión que lo deja azorado: “La Tierra es redonda como una naranja”. Una extraña simetría emparenta aquella instancia ficcional de García Márquez, con la novela póstuma de Tomás Barceló Cuesta, El Ojo del Mundo. Una historia escrita bajo el vértigo de apenas unas pocas semanas, a la cual el autor aún sometía a sus últimas lecturas y correcciones, cuando de manera inesperada lo sorprendió la muerte.
Breve y ambiciosa, la novela conjetura un mundo en donde el poder hegemónico de los medios sigue siendo el mejor lubricante con el que funcionan los engranajes de un sistema totalitario. Situada dentro un tiempo futuro pero de perturbadora familiaridad con el presente, un escritor de renombre mundial es secuestrado, al parecer, sin motivos ni lógica alguna. De allí en más, la vida del exitoso Federico de la Torre, asistirá, como en una trágica y oscura revelación, al revés de una trama social que, hasta entonces, lo exponía de manera funcional como a uno de sus mejores ‘intelectuales orgánicos’.
Ficción de anticipación, novela de tesis, o alegoría de alguna de las pesadillas recurrentes de la Razón, en El Ojo del Mundo se describe de manera fotográfica una época futura, que Barceló denomina Retromodernidad. Un concepto paradójico, casi lindante con el oxímoron, que termina siendo una metáfora crítica sobre la sociedad de occidente, en la que se asienta de manera sólida la trama del relato.
Porque dentro de los límites de la ficción, Barceló se permite, una vez más, la libertad de interpelar el presente cuando habla de ese futuro y develar así las astucias de un sistema mundial, obsesionado con la producción y reproducción del Poder. Un Poder, así con mayúsculas, que no es sino Sistema y que, como en las más oscuras de las profecías, se totaliza de tal modo que vuelve ilusoria la posibilidad de un afuera.
En una época donde el predominio de los relatos minimalistas adquieren a menudo ribetes tediosos, Barceló Cuesta se arriesga por una historia épica y desmesurada. El acto podría reducirse a una situación de valentía inconducente, pero la calidad literaria de su prosa y el diálogo necesario que El Ojo del Mundo entabla con obras de similar tenor 1984, de George Orwell, o En la Colonia Penitenciaria, de Kafka, revitalizan su profundidad y le devuelven sustento a la apuesta.